Escribo estas palabras cuando ya no queda nadie que pueda contradecirme y, aunque temo que este testimonio jamás vuelva a ver la luz, siento que debo dejarlo.
Todavía puedo oír el bullicio del mercado en aquel mes de abril del año del Señor de 711. La mañana olía a tierra húmeda y se veían amas regateando con los vendedores y niños persiguiéndose entre los puestos.
El primer signo de que algo estaba a punto de ocurrir lo dieron los animales, que comenzaron a inquietarse. De repente los perros echaron a correr, gimiendo, con el rabo entre las patas, y los burros empezaron a rebuznar.
Entonces lo sentí: un estremecimiento breve bajo la planta de mis pies descalzos. Miré a mi abuelo, preguntándome si él también había percibido aquel temblor. Tenía el ceño fruncido. La segunda sacudida borró esa expresión. Esta vez la tierra se movió con un rugido profundo que hizo que me tambaleara. Las vasijas tintinearon y el tablero del panadero se volcó, arrojando las hogazas al suelo. Los niños corrieron a abrazarse a las faldas de sus madres, mientras los buhoneros intentaban aparentar calma.
Yo me acerqué tanto como pude a mi abuelo que, en medio de aquella confusión, se había quedado inmóvil, el bastón clavado en el suelo y con la vista dirigida hacia el sur.
—¿Qué veis? —le pregunté.
—Un mar oscurecido. Velas negras.
Las últimas vibraciones del suelo se apagaron y todo quedó quieto. Entonces, para disimular el miedo, los vecinos comenzaron a hablar entre ellos. Aun así, al cabo de unos minutos, cada cual buscó refugio en su casa y la plaza quedó desierta.
Fue entonces cuando vi por primera vez la grieta en el campanario. Era muy fina y nadie más había reparado en ella.
Nuestro pueblo, Lubrín, lo formaban un centenar de casas encajadas en un pequeño valle regado por acequias que, según los ancianos, eran herencia de los romanos. Dos sierras lo rodeaban por completo, volviéndolo casi inaccesible. La iglesia solo era superada en altura por la torre fortificada, desde donde en tiempos pasados se controlaba la única ruta hacia la costa.
Mi familia se dedicaba a la alfarería. Poseíamos además una pequeña parcela de tierra, un puñado de cabras y una burra vieja. Poca cosa, pero suficiente para sostener una vida apacible.
Con catorce años recién cumplidos y toda la inocencia del mundo, sentía que pertenecía a algo más grande que yo mismo. Aunque, como cualquier muchacho, soñaba con gestas que algún día serían contadas.
En un lugar donde la gente apenas podía firmar con un aspa, mi abuelo era una excepción. Sabía leer y escribir. En su juventud había viajado con las huestes del dux Teodomiro y hablaba de ciudades donde la piel de la gente era oscura como el humo que se pega a las vigas de la cocina. Para mí, que nunca había salido del valle, representaba una ventana abierta al mundo.
Mi padre, en cambio, escuchaba aquellas historias con indiferencia: creía que el trabajo honrado basta para alimentar a una familia y no veía utilidad alguna en descifrar signos sobre un pergamino. Aquel fracaso dejó en el patriarca una espina que solo se desprendió cuando yo le pedí que me enseñara a reconocer las letras.
Mi madre mantenía todo en pie con una voluntad inagotable. Su ternura era práctica, tejida de gestos pequeños: el pan que nunca faltaba, la capa remendada antes de que el frío apretara. Su fe era sólida, aunque para ella familia y religión eran dos caras de una misma moneda.
Con el verano llegaron noticias que hablaban de la derrota del rey Rodrigo cerca del río Guadalete. Se decía que por el sur avanzaban guerreros formidables, de armaduras relucientes y espadas invencibles, ante los cuales las ciudades abrían las puertas para evitar una destrucción segura. Entre el miedo y la fascinación, los habitantes de Lubrín se preguntaban qué les depararía la llegada de esos guerreros feroces.
Cuando finalmente los vimos, no traían caballos ni lanzas; venían tan solo soldados a pie y hombres con pergaminos, instrumentos para medir y sellos oficiales. Al frente del grupo, nuestro alcalde reconoció al vicarius, encargado de la administración de la comarca, y corrió a recibirlos.
—Dios os dé buen día, don Fadrique. ¿A qué se debe tal honor? —preguntó, llevándose el birrete al pecho.
—La paz sea con vos, Bermudo. No os alarméis. Su Excelencia el Comes me envía para una visita de rutina.
—Por supuesto… por supuesto. El pueblo está a vuestra disposición —replicó el alcalde, aliviado al saber que, de alguna forma, el orden establecido permanecía intacto en la comarca.
Los recién llegados se instalaron en la Plaza Mayor sin pedir permiso. Al día siguiente aparecieron los albañiles, armados con martillos, cuerdas, plomadas y varas de medir. De inmediato se dispersaron por la aldea.
Protegidos del sol bajo la sombra quieta de la iglesia, los viejos fingían conversar, pero no quitaban los ojos de aquellos forasteros que estudiaban los edificios y tomaban medidas. Yo, que también los observaba sentado en el portal de mi casa, vi a uno de ellos colocar la plomada junto al campanario antes de golpear la piedra con una maza.
El cura, que había estado acechando desde el pórtico, se acercó sosteniendo la estola como si fuera un escudo e interrogó a los albañiles. Antes de que pudieran contestar, don Fadrique, que supervisaba las operaciones desde una mesa de la taberna, levantó las manos y se dirigió a la pequeña multitud de curiosos que se estaba congregando frente al templo.
—Buenas gentes. No hay de qué preocuparse. Podéis seguir en vuestras casas y asistir a misa, por supuesto… pero sin provocar a los nuevos amos.
El sacerdote dio un paso adelante.
—¿Cómo… sin provocar? —preguntó, con la voz tensa como una cuerda.
—La campana no sonará más que con autorización expresa de las autoridades —añadió el vicarius.
La frase cayó como una roca en un estanque. Volví la vista hacia la torre. La grieta me pareció más larga que nunca.
Unos días después, don Fadrique fue a ver al alcalde y, como quien comenta algo trivial, le informó de que debía retirarse la cruz de término.
—Hay que evitar provocaciones inútiles.
En cuanto lo supo, el cura salió de la iglesia dando largas zancadas, la sotana recogida, y se abrió paso entre los vecinos agrupados en la entrada de la villa.
—Escuchadme —dijo, con el rostro enrojecido—. Esta cruz de piedra no salva almas. Pero estaba aquí antes que cualquiera de nosotros.
Un rumor unánime se extendió entre los presentes.
—Dicen que retirarla traerá paz… pero sabed que quien da la espalda a Dios entrega su alma al demonio… — añadió, apuntando al cielo con un dedo nudoso.
Entonces, mientras unos se santiguaban y otros se aferraban a antiguos amuletos, el sacerdote se hincó de rodillas.
—No dejéis que la arranquen —suplicó con una tristeza tan honda que dolió escucharle.
La gente se miró sin saber qué hacer, hasta que una anciana avanzó con paso lento y se arrodilló junto a él. Luego se acercó un pastor. Mi abuelo se plantó detrás del cura, recto como un ciprés. Yo lo seguí. Pronto éramos más de treinta, alrededor de la cruz, desafiantes. El vicarius sacudió la cabeza y, cuando finalmente se marchó con el ceño fruncido, la gente soltó el aliento retenido.
Los hombres del sur llegaron al amanecer. Tan solo eran un puñado, pero avanzaban con el aplomo de quien se siente seguro de su fuerza.
Mi madre y yo nos asomamos al portal, sin atrevernos a avanzar más. Delante venían dos jinetes, vestidos con túnicas de lana gruesa y la cabeza cubierta por turbantes del color de la arena. Detrás de ellos, un caballero de aspecto distinguido montaba un corcel negro, vivaz, muy distinto a nuestras bestias de labor. Llevaba una capa verde, recogida por el lado donde, cargada de advertencia, colgaba una espada curva.
El alcalde Bermudo salió a recibirlos. Su sonrisa, exagerada, no lograba disimular su nerviosismo.
El guerrero de la capa hizo un gesto con la mano y un hombrecillo barrigudo se adelantó.
—Mi señor Alquib, nuevo alguacil del distrito, viene para tomar posesión del castillo y restablecer el orden en esta villa —anunció en nuestra lengua.
El alcalde dio un paso adelante, con la cabeza inclinada y las manos estrujando su birrete.
—Sed bienvenidos a Lubrín, excelencia —balbuceó, inclinándose con torpeza.
El alguacil no respondió de inmediato. Se limitó a observar, midiendo con desconfianza al alcalde y a la comunidad que pronto quedaría sometida a su autoridad. Vio a las mujeres cubrirse con pañuelos por pudor instintivo y a los varones, rígidos como estacas. Sus ojos se detuvieron un instante en la fisura del campanario, claramente visible bajo la primera luz del día.
—Hemos oído que esta tierra es fértil —dijo finalmente, por medio del intérprete—. Pero también que sus gentes son tercas e indisciplinadas. Esto va a cambiar.
Luego, sin elevar la voz, preguntó por el cura.
Don Justo salió antes de que los soldados penetraran en la casa de Dios. Llevaba la cruz de madera bien visible sobre el hábito gastado y mantenía la barbilla alzada y los hombros rectos.
El intérprete inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Tened la bondad de acompañarnos —explicó, con una amabilidad que ocultaba la frialdad de la orden.
Eso fue todo. No hubo acusaciones ni justificaciones. El sacerdote sabía que había llegado su momento y que cualquier súplica sería inútil. Se limitó a deslizar la vista sobre nosotros, como quien se despide de un amigo al que no volverá a ver.
—Cuidad vuestra alma, que nadie os arrebate la fe —dijo, cuando se lo llevaban.
La semana siguiente, don Fadrique y los albañiles regresaron. Traían mazas, tablones y sacos de cal. Escoltados por guardias armados, se dirigieron a la cruz de término y esta vez nadie se interpuso. La echaron abajo en un santiamén y la convirtieron en un montón de piedras. Después entraron en la iglesia sin ceremonia. Retiraron el altar, las imágenes y el crucifijo que colgaba de la pared y lo cargaron todo en una carreta. Luego los albañiles subieron al campanario con cuerdas. Al primer contacto, el yugo cedió y la masa de bronce se estrelló contra el suelo, partiéndose con un sonido áspero, parecido al graznido de los grajos.
La voz que, durante generaciones, había marcado nacimientos, amores y muertes calló para siempre.
Pronto supimos cuáles eran las condiciones para nuestra supuesta tranquilidad. Un heraldo las recitó con la misma indiferencia con la que se lee un inventario. Cuando terminó la lectura de las disposiciones, los vecinos se dieron la vuelta y regresaron a sus casas, con los hombros caídos y la mirada clavada en el suelo.
Esa misma tarde se nos ordenó acudir a la casa del alcalde. Esta vez no para escuchar, sino para elaborar listas.
Mi abuelo fue llamado el primero. Cuando le preguntaron por su nombre, advertí que apoyaba el bastón con más fuerza de la necesaria contra el suelo.
—Tadeo —respondió, enderezando la espalda.
El escribano deslizó el dedo por la lista y, al cabo de un instante, asintió para sí mismo.
—A partir de hoy responderás como Tarik.
—Prefiero seguir siendo Tadeo. Es un nombre antiguo, de aquí.
El funcionario frunció el ceño.
—Tarik —repitió secamente, mientras abría el tintero.
Mi abuelo parpadeó despacio, como si midiera las consecuencias de aquella imposición. Finalmente, asintió.
—¿Ese es tu hijo? —preguntó el amanuense, señalando a mi padre con la pluma.
—Sí. Le puse Bernabé.
—A partir de ahora será Musa ibn Tarik.
Mi padre abrió la boca, pero se limitó a apretar los labios, como si acabara de morder algo amargo.
Cuando me llegó el turno, dije mi nombre con firmeza:
—Álvaro.
El escribano me sonrió como lo hace un herrero al caballo antes de cambiarle una herradura.
—Amin, Amin ibn Musa.
Al bajar la vista, alcancé a ver mi nueva identidad plasmada en letras que no podía descifrar. Sentí cómo el estómago se me encogía.
Aquella noche, la taberna se llenó más de lo habitual. El aire olía a sudor y leña húmeda, y las voces se mezclaban con un nerviosismo nuevo, como si la gente intentara ahogar sus temores en vasos de vino. En una esquina cercana al hogar, Darío, el panadero, hablaba con entusiasmo desbordado. Celebraba cada cambio mencionado por el pregonero, convencido de que todo ello significaba progreso.
—El orden ha llegado —dijo en voz alta —. Antes vivíamos olvidados, hundidos en la ignorancia.
Algunos asintieron por compromiso. Otros fingieron no escucharlo, pero el sacristán, que llevaba rato apretando los dientes, se levantó de su banco y se acercó a la mesa de Darío.
—Te vendes por palabras —le dijo—. Eres un necio, o peor aún, un traidor.
El local quedó en silencio, mientras el aludido se levantaba despacio, echando los hombros atrás.
—¿Traidor? —replicó—. ¿Por aceptar lo inevitable? ¿Por querer que este pueblo avance?
—Tú no avanzas —dijo el sacristán, clavándole un dedo en el pecho—. Te arrastras como un gusano.
El panadero, enrojecido, le dio un empujón que lo hizo tambalearse y volcar unas jarras. Dos soldados bereberes, que pasaban delante de la taberna, oyeron el alboroto y entraron sujetando el pomo de sus alfanjes.
—No más discusiones —ordenó uno de ellos en árabe.
El sacristán apretó los puños, pero no se movió. El guerrero lo miró fijamente y, en sus ojos, leyó una advertencia que no admitía réplica.
—Ir mesa —ordenó, esta vez en un castellano rudimentario.
Los contendientes volvieron a sentarse y los forasteros salieron a la calle; en el interior de la fonda las conversaciones se reanudaron por lo bajo.
En un principio, los nuevos tributos representaron solo un incremento moderado para las familias.
—Un ajuste común —explicó el alcalde Bermudo—. Ya nos habían avisado.
Para unas gentes acostumbradas a convivir con sequías y malas cosechas, aquel impuesto adicional era molesto, pero soportable.
Semanas después, don Fadrique aclaró, con su cortesía habitual, que los cristianos deberían entregar dos celemines de trigo y dos medidas de aceite en lugar de una.
Los hogares más humildes empezaron pronto a sentir el peso de las nuevas cargas en lo cotidiano.
La gente miraba de reojo a las familias moras que iban llegando y se instalaban en las casas abandonadas por quienes habían logrado marcharse a tiempo. Los hombres caminaban con la cabeza alta; vestían ropas bien cortadas y no cargaban azadas ni aperos. Se les veía departir con los funcionarios y bromear con los militares. Entre ellos hablaban en una lengua hecha de sonidos guturales, imposibles para nosotros.
A ciertas horas del día se apartaban de sus obligaciones para murmurar fórmulas breves, inclinando el torso y llevándose las manos al pecho. Sus mujeres apenas se veían por las calles y, cuando salían, lo hacían envueltas en mantos que les cubrían el cabello.
Poco a poco, empezó a abrirse paso una idea que antes habría resultado impensable.
—¿Y si nos convirtiéramos?
A pesar de que ya no había nadie para celebrar misa, la gente había seguido yendo a la iglesia. Unos iban a rezar, otros a encender velas, pero todos lo hacían como quien se aferra a un árbol en mitad del vendaval.
Sin embargo, acudir al templo empezó a llamar la atención y, aunque la fe persistía, fue quedando vacío.
Con el tiempo, la gente se acostumbró a fingir. De día, obediencia: siluetas encogidas, nombres torcidos, saludos nuevos. De noche, rezos apenas audibles y gestos antiguos ocultos tras tareas simples, como trazar una cruz con el cuchillo antes de partir el pan.
Yo crecía entre dos mundos: el que se deshacía desde dentro y el otro que se imponía irremediablemente.
Fue entonces cuando apareció alguien dispuesto a poner palabras nuevas donde las antiguas empezaban a faltar. Lllegó sin anunciarse, solo y vestido a la castellana, como un mercader más; aun así, su paso tranquilo y la postura erguida atrajeron miradas de curiosidad. Se detuvo junto a la fuente, pidió agua y bebió despacio. Luego habló.
—Gracias —dijo, con una sonrisa cálida—. Que ningún corazón aquí conozca la angustia.
Su voz sonó suave, y todos los que estábamos allí le prestamos atención. Se presentó como Harun, venido de Ifrīqiya, un lugar que me sonó a aventuras. Aquel día no predicó. Tampoco nombró a Alá ni a su Profeta. Pero regresó al día siguiente, y siguió haciéndolo hasta que su presencia dejó de sorprender. Siempre encontraba una excusa para detenerse a conversar. Unas veces se interesaba por los cultivos; otras, por los enfermos.
Sentado frente a su torno alfarero en el zaguán de nuestra casa, mi abuelo observaba sus idas y venidas con recelo.
—Los individuos más peligrosos —me dijo un día—, los que vienen a robar almas, seducen a los necesitados con palabras endulzadas.
Unas semanas después de su llegada, Harun mando que se abrieran las puertas de la iglesia, que ya casi nadie visitaba. No usó autoridad para congregar a la gente, tan solo invitó a quienes buscaban consuelo a acercarse. Y la gente acudió.
Aquel día, el imán se sentó en el suelo y habló casi en confidencia.
—El mundo cambia. Es normal sentir temor y buscar alivio. La fe, como el agua, siempre encuentra por dónde entrar cuando los muros se resquebrajan.
Algunos bajaron los ojos, mientras otros asentían despacio.
—Quien desee orar puede hacerlo junto a mí. De la forma que prefiera —añadió—. Solo pido que, en señal de respeto a Dios, volvamos el rostro hacia levante.
Nadie quiso ser el primero en negarse.
Con la llegada del invierno, las familias dejaron de reunirse en secreto y los rezos nocturnos se redujeron a murmullos tímidos. Las mujeres comenzaron a cubrirse el pelo y sus hijos repetían palabras nuevas, mientras los mayores suprimían gestos antiguos por miedo a ser malinterpretados.
—No nos han vencido con espadas —me dijo una mañana mi abuelo, con los ojos húmedos—, sino porque le damos la espalda a quienes somos.
Su salud se fue deshaciendo como una cuerda que se deshilacha lentamente. Había días en los que se negaba a comer, y otros en los que pasaba horas contemplando la torre desde la puerta.
Una noche desperté al oír unos murmullos y me lo encontré de pie junto a la ventana. Intentaba recordar los nombres de nuestros antepasados. Los pronunciaba en voz baja, uno tras otro, hasta que en una ocasión se detuvo, como si algo se le escapara. Entonces vi cómo apretaba los labios y las lágrimas le brotaban incontenibles.
Me acerqué con cuidado y le toqué el hombro.
—Volved a la cama. Descansad.
Negó con la cabeza. Sus manos aferradas al alféizar temblaban levemente.
—Tienen que saber —dijo—. Nuestros nombres se borran y nosotros desaparecemos con ellos.
—Podemos escribirlos —respondí—. Yo los guardaré en un lugar seguro.
Al oír mis palabras enderezó la espalda, como si una cuerda interior se tensara de nuevo.
—Sí —exclamó, con un brillo renovado en la mirada—. Yo te los diré. Tú los salvarás del olvido. Todos.
Lo abracé. Su cuerpo era ligero como un haz de paja, pero sentí en él una energía nueva.
Saqué un pergamino y encendí un candil, mientras los nombres comenzaban a salir atropelladamente. A veces lo veía cerrar los ojos, hasta que el recuerdo se abría paso. Yo tomaba nota tan rápido como podía, consciente de que lo hacía para dejar nuestra versión de la historia a los que vendrían después.
El final llegó al cabo de unas semanas, esperado, sin dramatismo. Lo velamos entre susurros y, de camino a su última morada, ninguna campana sonó por la salvación de su alma.
En esa soledad muda entendí que las tradiciones milenarias no sirven para honrar a los muertos, sino para sostener a los vivos al borde del abismo.
Después del entierro, me encerré en la alcoba del abuelo y busqué el testimonio que habíamos empezado a escribir aquella noche. No era más que un fajo de pergaminos desgastados con genealogías, descripciones de las
costumbres ancestrales y explicaciones sobre nuestras creencias. En una hoja desprendida, encontré una frase trazada con letra temblorosa:
«La memoria no se apaga si hay alguien dispuesto a mantenerla».
Sentí un peso enorme cargarse sobre mis hombros.
A la mañana siguiente, mientras la casa dormía, envolví el cuadernillo en tela encerada y salí a la calle antes de que llegaran los albañiles encargados de la renovación del templo convertido en mezquita. Al acercarme al campanario, se elevó la llamada del almuédano, clara y sostenida. Ya entendía las palabras, pero las ignoré.
Me arrodillé al pie de la torre y empujé el legajo al fondo de la grieta hasta hacerme sangre en los nudillos, como quien paga a la tierra lo que le confía.
Al levantarme, creí ver que la piedra se cerraba para engullir el manuscrito. Tal vez en el futuro alguien lo halle y rescate la memoria de lo que fuimos.
FIN